Respira hondo. Vas a sentarte, encender la Nintendo 64, meter el cartucho de F-Zero X y, en menos de lo que tardas en decir “Mute City”, estarás volando a más de 1000 km/h con otros 29 psicópatas del volante intentando convertirte en una mancha de carbono sobre una pista suspendida en el espacio. Y lo mejor de todo: el juego no va a ralentizarse ni un puto fotograma.
- Título: F-Zero X
- Año: 1998
- Sistema: Nintendo 64
- Desarrolladora: Nintendo EAD
- Director: Tadashi Sugiyama
- Productor: Shigeru Miyamoto
- Género: Carreras futuristas
- Jugadores: 1-4
¿De qué va esto?
Corría 1998 y Nintendo llevaba años sin darle cariño a su saga de carreras futuristas. El F-Zero original de Super Nintendo fue una revolución técnica con su Mode 7, pero después de eso, nada. Mientras la competencia (léase Wipeout) se llevaba todos los titulares con su estética psicodélica y bandas sonoras electrónicas, Nintendo EAD se encerró a trabajar en lo que acabaría siendo una de las carts más infravaloradas de la Nintendo 64.
La premisa es la misma de siempre: eres un piloto en el campeonato F-Zero del siglo XXIV, compitiendo en pistas que desafían las leyes de la física a velocidades que harían llorar a un caza stealth. Pero aquí la clave no está en el qué, sino en el cómo. F-Zero X no vino a innovar en concepto: vino a demostrar que la velocidad pura y dura era posible en 3D y a 60 fotogramas por segundo. Con 30 naves en pantalla. Sin cortarse un pelo.
El juego en acción
Si hay una palabra que define F-Zero X, esa es velocidad. Pero no la velocidad virtual de un cuentakilómetros que sube mientras tú vas por un tubo. No. Aquí la velocidad se siente en el estómago. Las pistas se retuercen, hacen bucles, se inclinan y desaparecen tras curvas imposibles mientras tú intentas no estampar contra el siguiente rival.
El sistema de control es engañosamente simple: acelerar, frenar (sí, hay que frenar, que no es Mario Kart), inclinar y usar el boost. Pero la magia está en los detalles. Cada nave tiene estadísticas únicas de velocidad, aceleración, peso y agarre, y antes de cada carrera puedes ajustar el balance entre aceleración y velocidad máxima. Ah, y cambiar el color de la nave, detalle imprescindible para el postureo intergaláctico.
Los atajos: el alma del juego
Aquí es donde F-Zero X se convierte en algo especial. Los atajos no son simplemente caminos alternativos que te ahorran unos segundos: son auténticos desafíos de ejecución que separan a los pilotos novatos de los veteranos. Hablamos de saltos imposibles sobre muros que parecen infranqueables, de usar el boost en el momento exacto para volar por encima de secciones enteras de la pista, de arriesgar tu carrera entera en una maniobra que, si sale mal, te deja fuera de la competición.
Uno de los atajos más legendarios está en Mute City. Si llegas con suficiente velocidad a la rampa justo antes de la recta final y disparas el boost en el ángulo adecuado, puedes saltar una sección entera de la pista. El problema es que el margen de error es milimétrico. Si te pasas de frenada, te estrellas. Si te quedas corto de boost, caes al vacío. Y todo esto a más de 1000 km/h. Es adictivo, frustrante y maravilloso a partes iguales.

El Death Race es otro de los modos que merece mención aparte. Olvida la carrera: el objetivo es destruir a los otros 29 pilotos. No hay meta, no hay vueltas, solo caos. Usa el Spin Attack (Z + R dos veces) para mandar a tus rivales contra las paredes y disfruta del espectáculo. Es el modo perfecto para cuando solo quieres desconectar el cerebro y sembrar el caos.
¿Cómo ha envejecido?
Vamos con la parte delicada. F-Zero X tiene 28 años y se nota en según qué cosas. Los gráficos son… funcionales. Nintendo EAD tomó una decisión muy consciente: sacrificar el detalle visual para mantener los 60fps. El resultado son pistas bastante simples, vehículos con pocos polígonos y fondos que prácticamente no existen (la niebla lo oculta todo). Pero aquí pasa algo curioso: cuando estás corriendo, no te das cuenta. Literalmente. Vas demasiado rápido para fijarte en la calidad de las texturas.

El sonido es otro cantar. La banda sonora compuesta por Taro Bando y Hajime Wakai es una colección de temas de rock/metal instrumental que encajan perfectamente con la velocidad de la carrera. No esperes orquestaciones épicas ni sintetizadores elegantes. Esto es guitarra eléctrica, batería y caos. Y funciona. El sonido de las naves pasando a tu lado, el pitido del boost, el choque metálico cuando golpeas a un rival… todo contribuye a la experiencia.
En cuanto a jugabilidad, el juego ha envejecido sorprendentemente bien. La curva de aprendizaje es pronunciada (los primeros minutos pueden ser frustrantes), pero una vez que le coges el punto a los controles, es una experiencia que pocos juegos de carreras modernos pueden igualar. La sensación de velocidad sigue siendo impactante, y los modos multijugador (ahora con online gracias a Nintendo Switch Online) siguen siendo de lo mejorcito que ha parido Nintendo.
Eso sí, aviso para navegantes: si eres de los que se marean con facilidad, mejor tener un cubo cerca. El juego es BRUTAL en ese sentido. Las pistas dan vueltas, giros y bucles sin previo aviso, y la cámara sigue a tu nave sin compasión.

Veredicto final
F-Zero X no es el juego de carreras más bonito, ni el más profundo, ni el que tiene la banda sonora más variada. Pero es, sin discusión, uno de los más rápidos y divertidos que existen. Es un juego que entiende que la velocidad no es solo un número en una estadística, sino una sensación que se construye con framerates sólidos, pistas bien diseñadas y un sistema de físicas que recompensa el riesgo.
Si tienes Nintendo Switch Online + Expansion Pack, no tienes excusa. Si tienes el cartucho original, sacúdele el polvo. Y si nunca lo has jugado… prepárate para conocer cómo se las gastaba Nintendo cuando quería demostrar quién mandaba en el hardware.
Puntuación: 9/10 — Porque 30 naves a 60fps en 1998 no era un milagro. Era una declaración de intenciones.