Un ingeniero en el lugar equivocado
Hay genios que nacen antes de tiempo. Y hay genios que nacen en el lugar equivocado. Paco Menéndez fue ambas cosas. Con solo 22 años, este asturiano de Avilés programó uno de los mejores juegos de la historia del software español —y posiblemente uno de los más injustamente olvidados fuera de nuestras fronteras—. Pero su historia no es la típica de éxito y gloria retro. Es la historia de alguien tan obsesionado con la perfección que la perfección misma lo devoró.

La España que programaba en un salón
En los años 80, España era un país que se reinventaba como podía. La democracia era joven, la economía tambaleaba, y en los salones de medio país, un puñado de adolescentes descubría que aquella pantalla verde conectada al televisor podía ser algo más que una curiosidad. El ZX Spectrum, el Amstrad CPC, el MSX: máquinas modestas con las que una generación entera aprendió a soñar en BASIC.
Paco no era un adolescente cualquiera. Mientras sus compañeros copiaban listados de revistas y los modificaban a tientas, él aplicaba una disciplina que pocos tenían a esa edad. A los 15 años, un Commodore PET le abrió las puertas de la programación en un instituto que fue de los primeros en España en meter ordenadores en sus aulas. No era un hobby: era una vocación que ya olía a ingeniería.

Estudió Ingeniería de Telecomunicaciones en la Politécnica de Madrid, y eso marca la diferencia. Porque Paco no veía la programación como un arte oscuro de trucos y atajos. Para él, el código era arquitectura: si un algoritmo no era elegante y matemáticamente eficiente, simplemente no estaba terminado. Como él mismo decía: “Tengo más mentalidad de ingeniero que de informático”. Era un científico atrapado accidentalmente en el mundo del entretenimiento.
De Fred a la abadía
Con 18 años, Paco lanzó Fred, un juego de plataformas que arrasó en las listas de ventas. No era un juego cualquiera: era la obra de alguien que entendía la máquina desde dentro, que sabía cómo exprimir cada byte de un ZX Spectrum sin que se notara el esfuerzo. El éxito fue inmediato y rotundo. Cualquier otro programador habría montado una factoría y empezado a escupir títulos a ritmo industrial.
Paco no era cualquier programador. Su ambición no tenía techo, pero tampoco tenía la forma del éxito comercial. No buscaba portadas coloridas ni ventas fáciles. Buscaba construir sistemas que simularan la realidad a través de la lógica. Y cuando leyó El nombre de la rosa de Umberto Eco, encontró el vehículo perfecto para esa obsesión: una abadía medieval, un misterio por resolver, y un mundo isométrico entero que construir desde cero.
El resultado fue La Abadía del Crimen (1987), publicado por Opera Soft. Catorce meses de desarrollo —una eternidad para la época— junto a su amigo de la infancia Juan Delcán, estudiante de arquitectura que diseñó cada rincón de la abadía. Paco quería llamarlo El nombre de la rosa, pero nunca obtuvo respuesta de Eco. Así que, como homenaje, lo bautizó con el nombre que todos conocemos.

La Abadía no era solo un juego: era una catedral de código. Isométrico, con un ciclo día-noche, con monjes que seguían rutinas propias, con una simulación de mundo vivo que pocos juegos de la época podían igualar. En un ZX Spectrum de 48K. Si eso no es arte de ingeniería, que alguien nos explique qué lo es.
Esto no te lo esperabas
- Paco Menéndez aprendió a programar con 15 años en un Commodore PET, en uno de los primeros institutos de España que incorporó la informática a sus aulas
- El desarrollo de La Abadía del Crimen duró 14 meses, una eternidad para los estándares de la Edad de Oro del software español
- Juan Delcán, el diseñador gráfico del juego, era amigo de la infancia de Paco y estudiante de arquitectura —no sabía nada de programación—, pero fue quien diseñó cada pantalla de la abadía
- Paco quiso llamar al juego El nombre de la rosa, pero nunca recibió respuesta de Umberto Eco, así que lo rebautizó como homenaje a la novela
- En 2017, Correos de España emitió un sello dedicado a La Abadía del Crimen, y la Universidad Politécnica de Madrid nombró un premio de desarrollo de videojuegos “Menéndez-Delcán” en su honor
El ingeniero que dejó de programar
Después de La Abadía, algo se rompió. Paco estaba desilusionado con la industria del videojuego —o quizá la industria nunca estuvo a la altura de lo que él quería hacer—. Así que hizo lo que pocos genios se atreven: dejó de hacer lo que se le daba bien. Se apartó de los videojuegos y se dedicó al desarrollo de aplicaciones informáticas. Empezó a trabajar en un proyecto llamado PALOMA (Memoria Matricial Inteligente), una idea sobre memoria que pudiera ejecutar instrucciones de manera simultánea. Era, otra vez, pura ingeniería ambiciosa.
Pero la historia no tiene un final feliz. El 15 de julio de 1999, Paco Menéndez se quitó la vida en Sevilla. Tenía 34 años. No vamos a fingir que entendemos lo que pasó, ni a romantizar el dolor. Simplemente lo decimos porque es verdad y porque la verdad, por dolorosa que sea, merece ser contada. Paco era un ingeniero brillante en un mundo que no siempre supo qué hacer con su brillantez. Y eso, a veces, pesa.
El legado de Paco Menéndez vive en cada línea de código de La Abadía del Crimen, un juego que sigue siendo jugado, analizado y reverenciado casi cuarenta años después. Su nombre está grabado en un sello de Correos, en un premio universitario, y en la memoria de todos los que crecieron tecleando LOAD “” en un Spectrum. No está mal para alguien que solo quería construir catedrales.